Con voto pero sin voz: la “democracia” chilena

A propósito del próximo cambio de mando me parece interesante desglosar y analizar una idea que viene repitiéndose como conclusión de las pasadas elecciones: “Chile tiene una democracia saludable y fuerte”. Cada partido y conglomerado realizó su propio diagnóstico acerca de los resultados del proceso, no obstante, parecía existir un consenso transversal respecto del estado de la democracia en Chile. Se entiende, por lo anterior, que el buen funcionamiento de los procesos eleccionarios genera orgullo, lo que, lamentablemente, puede revelar el supuesto de que sólo en eso consiste la democracia. Me gustaría cuestionar, por ello, que el procedimiento de elegir representantes regularmente por medio de un proceso transparente y confiable se entienda como condición suficiente para hablar de una democracia saludable o fortalecida ¿Será esto todo lo que podemos pedirle a la democracia? Mi respuesta a esta pregunta es un no rotundo.

Pienso, por el contrario, que la pobreza de nuestra democracia se hace especialmente evidente al momento de las elecciones. Los periodos eleccionarios traen consigo un sinnúmero de análisis en los que se intenta predecir y comprender el comportamiento de las y los votantes, a fin de ofrecer la imagen más atractiva posible para ganar votos. Se trata al electorado como cliente, y, de hecho, como clientes incapaces de tomar decisiones racionales. Desgraciadamente, se piensa en la participación como un instrumento necesario al que tiene acceso un grupo de ciudadanas y ciudadanos ignorantes, movidos sólo por emociones o por meros intereses personales. En este panorama, las y los representantes hacen las veces de especialistas mejor capacitadas y capacitados que la ciudadanía desinformada para tomar decisiones relevantes. El problema es que así la democracia se convierte en un simple procedimiento que separa a “capaces” de “incapaces”, y en el que se quita legitimidad a las demandas que no emergen desde los políticos de profesión.

Sentirnos agradecidas y agradecidos simplemente por una “democracia” que nos permite votar regularmente significa perder el sentido de autogobierno colectivo que está al centro de la idea de democracia. Si nos sentimos satisfechas y satisfechos con un sistema donde toda toma de decisión está desconectada de las ciudadanas y ciudadanos comunes, debemos, al menos, dejar de llamar a eso democracia. En Chile sólo habrá democracia cuando existan canales reales, directos y vinculantes de participación ciudadana, redes de contacto real con las y los representantes, que permitan poner temas en la agenda política, y espacios de inclusión y reconocimiento de minorías y grupos vulnerables.

Por otro lado, ante la ahora creciente desconfianza en los políticos, la sensación de falta de poder para generar cambios desde las ciudadanas y los ciudadanos ha crecido. Lo que permite que sintamos que existe verdaderamente una democracia es la libre expresión y la tolerancia ante los distintos discursos, por ofensivos que puedan ser en muchos casos. Ya que no hay reales instancias para levantar demandas, la opinión pública y las y los políticos se aferran a las libertades individuales como bandera de lucha. Entonces la democracia, entendida simplemente como procedimiento, puede considerarse exitosa mientras resulte en una candidata o un candidato elegido por una mayoría razonable.

El problema es que democracia sin participación ciudadana efectiva no es democracia. Es decir, no lo es sin un involucramiento de ciudadanas y ciudadanos comunes y corrientes que puedan expresar sus ideas y preferencias más allá de elegir entre la oferta de candidatas y candidatos que van a decidir por ellas y ellos.

Que no se entienda que un gobierno representativo no equivale a una democracia tiene por consecuencia mantener la desvinculación entre las ciudadanas y los ciudadanos y sus representantes, la escasa participación de las y los primeros en la toma de decisiones y su consecuente reflejo en la permisividad ante abusos de influencia y poder basado en desigualdades económicas.

Sentirnos agradecidas y agradecidos simplemente por una “democracia” que nos permite votar regularmente significa perder el sentido de autogobierno colectivo que está al centro de la idea de democracia. Si nos sentimos satisfechas y satisfechos con un sistema donde toda toma de decisión está desconectada de las ciudadanas y ciudadanos comunes, debemos, al menos, dejar de llamar a eso democracia. En Chile sólo habrá democracia cuando existan canales reales, directos y vinculantes de participación ciudadana, redes de contacto real con las y los representantes, que permitan poner temas en la agenda política, y espacios de inclusión y reconocimiento de minorías y grupos vulnerables.

Mientras tanto, creo que bien valdría sincerarnos para hacernos conscientes de lo mucho que nos falta para ser una democracia. Dejar de sentirnos los exitosos de Latinoamérica, también en lo político, y atender a las necesidades de tantas y tantos que viven una vida de deudas, pobreza e injusticia, y que no tiene cabida en las discusiones políticas, porque allí no tienen voz.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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