“…y líbranos del mal”

La velatón y un primer aniversario: Parque San Borja.

http://www.flickr.com/photos/chilefotojp/7024371501/in/photostream

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Conmoción tremenda y brutal ante esta frase del Padre Nuestro. Finalizaba el acto que recordaba la golpiza que terminó con la vida de Daniel. Resonó con fuerza, mucha fuerza esta vez, porque teníamos de la mano a nuestros amigos homosexuales y estábamos parados en el mismo lugar donde hace un año Daniel Zamudio encontró la muerte. Conmovidos por estar rezando en un lugar que había sido testigo de tanta violencia; conmovidos por pedirle a Dios que nos guardara de todo mal, cuando hace un año se cometía en ese mismo lugar uno de los crímenes más violentos y dolorosos de nuestro país. Peor aún, no sería el primero ni el último. Antes han tenido que pagar con sangre muchos y muchas que no conocimos, y que sólo la memoria conserva lo que la muerte no logró destruir.

¿Por qué resonó tan fuerte ese “líbranos del mal”? Porque en este crimen se encarnaron muchos odios que jamás pensamos como intrínsecos, que nos aterran y amenazan seguridad e integridad, no solo nuestras, sino de hombres y mujeres que queremos entrañablemente, y eso nos aterra aún más, pensar siquiera que hay algo de lo humano en ese odio criminal. Por eso resonó esta frase, por eso nos acordamos de Dios, por eso pedimos que, desde un lugar que quisiéramos sentir cercano y certero, existiese algo de ese cuidado que la muerte de Daniel nos arrebató de manera tan radical.

Composición de lugar: “como si presente me hallase”.

“A Daniel Zamudio lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Le apagaron cigarrillos en el cuerpo. Le desfiguraron la cara. Le arrojaron varias veces una piedra: en el estómago, en el rostro y en otras partes del cuerpo. Le arrancaron parte de una oreja. Le rompieron una botella en la cabeza y le marcaron tres cruces esvásticas en la piel con pedazos de vidrio. Hicieron palanca con una de sus piernas… hasta que el hueso cedió y se rompió”. [1]

Ponerse en el lugar del otro, de Daniel, su familia, sus amigos; sentir con quienes leyeron la noticia en la prensa, con quienes estuvimos presentes en la Posta Central, sobrevivientes, victimarios, sensibilidades varias que escapan a nuestra comprensión, así como los restos de humanidad que esperamos hicieran de freno al ímpetu criminal que no supo de compasiones, respeto y mínimo cuidado.

En el ejercicio de sentir con quien experimentó algo que puede no resultarme cercano, ayuda interrogar los distintos lugares desde donde podemos empatizar: ¿Y si me hubiese pasado a mí, a mis amigos o amigas? ¿Y si hubiese sido mi hijo, mi hermano?

¿Qué pasa cuando la pregunta no encuentra referentes próximos que me permitan solidarizar con lo que el otro experimenta? La indignación y el escándalo operan, aun cuando pensemos que no hay motivos ni razones que nos convoquen a todos por igual. No es ingenuidad ni mero asistencialismo: es confianza en la humanidad que habita en cada uno de nosotros y que nos hace prójimos, compañeros, miembros de una comunidad que ha aprendido del respeto y el cuidado, las claves de su supervivencia.

Una propuesta, una oportunidad.

Volvamos al origen, a la frase que motivó este escrito, al texto del Evangelio, al Padre Nuestro aquel. ¿Nos libra Dios del mal? Difícil responder afirmativamente. De cierta forma no, pues permanece en nosotros el temor de convivir con otros que son distintos, pensar la sociedad de un modo inclusivo, respetuosa de aquello que nos distingue y hace únicos. Nos rebelamos contra un país que no garantiza cuidado y respeto a toda vida humana, contra una clase política que discute sobre lo inconveniente que sería legislar a favor de quienes tienen su vida amenazada, contra una Iglesia que sitúa la Ley por sobre la persona, y contra todo aquel que crea que hay vidas que no merecen ser vividas.

Pongámonos en el lugar del otro, interroguemos nuestros miedos desde un lugar que puede que nos resulte ajeno e incluso desconocido. ¿Y si fuéramos homosexuales? ¿Cómo viviríamos nuestros afectos, nuestros deseos de abrazar y besar a quien amamos? ¿De qué formas habitaríamos este espacio – nuestro país, nuestros hogares – que solo algunos pueden disfrutar en libertad y pleno reconocimiento? El miedo es un mal que mata, no solo la materialidad de los cuerpos, sino también aquello que los dinamiza y llena de energías: un proyecto, un deseo, motivos para trascender y ser feliz. No quisiéramos ser nosotros los que terminemos por extinguir los motivos de quienes esperan ser reconocidos en sus afectos, su modo de existir y habitar este mundo.

No queremos ser tan pesimistas tampoco. En lo profundo sentimos que Dios sí nos libera del mal, dejando de lado el hecho, no menor, de que no fuimos nosotros los asesinados ni los golpeados. Dios  – como siempre – desde la muerte devuelve la vida. Por la muerte de Daniel, muchos se cuestionaron la forma en cómo se paraban frente a la homosexualidad, se hicieron cargo de sus prejuicios y se pararon desde donde tienen que pararse: “estos” homosexuales perfectamente podrían ser hermanos, hijos, amigos.

Después de esta muerte, ya sin tanto miedo, muchos pudimos sentir con quienes aman a los de su mismo sexo. Pudimos arriesgar la palabra y comprometer nuestros afectos con una causa que ya no nos resulta tan ajena, que no cuestiona, en nada, los principios y valores en los que creemos. Y en esto, Dios sí nos ha librado del mal.

“Que en mi país la gente viva feliz, aunque no tenga permiso”

Mario Benedetti

 


[1] http://blogs.tn.com.ar/todxs/2012/03/25/daniel_zamudio/

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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