¿Y si ruralizamos la ciudad?

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Uno de los principales problemas para enfrentar la complicada vida social en las ciudades, es, paradójicamente, el exceso de propuestas. Se trata de planteamientos que han surgido de reflexiones de un grupo de personas, tras escritorios situados en bellas oficinas con aire acondicionado y ubicados en zonas económicamente relevantes para la sociedad. Oficinas que, al estar dotadas de suficientes servicios, mantienen a los responsables de diseñar las políticas públicas en un ambiente artificial y alejados de la realidad de las mayorías. 
Hace algunos meses comencé a leer textos de Jaime Martínez Luna, quien entrega datos de un existencialismo que hasta ahora no había encontrado en un autor mexicano. Sus letras están cargadas de la fuerza de lo real de forma inquietante. Reflexiones que parecen obvias por su origen y que no se suelen citar o escribir, pues están cimentadas en la vida cotidiana de comunidades rurales.

En la cultura rural hay suficientes ejemplos comunitarios sobre cómo se puede vivir en forma colectiva. Costumbres que no están suficientemente promovidas porque se trata de un modo de vida desprestigiado por la cultura dominante.

Jaime Luna, como es conocido en su tierra natal en el sureste mexicano, hace una crítica silenciosa a la cual me sumo sin titubear: Hemos despreciado tanto la vida en las zonas rurales, que creemos que nada bueno puede surgir de ahí. Nos quejamos de la comida congelada en las ciudades y la seguimos comprando; nos quejamos del hacinamiento en las colonias dormitorio (o ciudades satélites) –que solo sirven para ir de noche-, del tráfico y de la inseguridad, y seguimos diciendo que es mejor la vida en la ciudad, en donde se concentran cientos de miles o millones de personas. No importa no conocer a tus vecinos o no tener tiempo para visitar a tus seres queridos.

Una pregunta lapidaria de un citadino a una persona de una zona rural suele ser la siguiente: “¿Cuántos habitantes tiene tu pueblo?”, y, en muchos casos, el número determinará el nivel de humillación. La ciudad, en donde vive la mayoría, se oferta como el modo de vida que debe ser alcanzado por todos.

En los territorios no civilizados se vive sin suficiente cemento y asfalto, sin tiendas conocidas con artículos que difícilmente se pueden comprar, y que, increíblemente, no necesitas, pero que despiertan la lujuria del poseer. Los lugares incivilizados son aquellos sin ruido suficiente que logre confundir el estrés y el modo de vida tan competitivo. El campo es el lugar atrasado que le “hace falta crecer”, carente de zonas de diversión y de glamour.

Y si ruralizáramos la ciudad como dice Martínez Luna, ¿qué pasaría?, ¿cuántos espacios de encuentro habrían?, ¿disminuiría la cantidad de suicidios de personas que se sienten solas?, ¿qué pasaría con el medio ambiente, la alimentación y las formas de trabajar, de organización y el sentido de vida? Nuestros modos de festejar y de ser amigos, ¿cómo se verían afectados?
Algunos catalogarán esta idea de neorural, de esos que idealizan la vida campesina como si fuera la mejor opción para todos. Sin embargo, no estoy haciendo una invitación a que todos seamos campesinos. Simplemente, creo que uno de los caminos para comenzar a aportar soluciones para mejorar la vida de las ciudades, sobre todo en las periferias o en las colonias, es partir por reflexionar sobre los modos de organización social rural, escudriñar la cultura rural, ahí pueden estar las pistas y las preguntas generadoras para confrontar el modo de vida en la ciudad.

En la cultura rural hay suficientes ejemplos comunitarios sobre cómo se puede vivir en forma colectiva. Costumbres que no están suficientemente promovidas porque se trata de un modo de vida desprestigiado por la cultura dominante. Alterar esta creencia puede posibilitar una nueva realidad social.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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